Jaime Burneo es un hombre esporádico en las calles de Las Lomas, el retorno lo hace para reencontrase con pasajes de su infancia y parte de la juventud, pues como los millones de peruanos que están dispersos por el mundo en busca de nuevas oportunidades, a los dieciocho años tuvo que emigrar a Estados Unidos y allí vive hasta hoy en que ya bordea los sesenta y cinco.A pesar de su edad, siempre viste con indumentaria deportiva, lleva un bolso en el que porta una cámara fotográfica, una filmadora, un cuaderno de apuntes, y además, a su decir, la más letal de las armas: ¡Un lapicero! Sin embargo, nada de lo anterior resulta novedoso, la diferencia está en que Jaime Burneo Robledo fue uno de los pocos peruanos que combatieron en la guerra de Vietnam.
La noticia era conocida en el pueblo; la primera vez que lo vi, hace apenas unos veinte días, conversamos más de dos horas; la idea de interrogarlo sobre el tema rondó por mi cabeza, pero mantuve la calma a la espera del momento ideal. Bajo el pretexto de tener una conversación pendiente, una de estas mañanas retorné a Las Lomas; la cita, el lugar, la hora, ya habían sido establecidos. Tan pronto me vio acercarme a la mesa donde tomaba el desayuno, miró el reloj; tres minutos de retraso, es por eso que este país no cambia, sonrió.
Luego le pidió a la señorita que atendía en el lugar, que me sirviera algo de comer. A mí me gustan las cosas directas, sé que has venido porque quieres hablar conmigo respecto a la guerra de Vietnam; ya lo sé o mejor dicho ya me lo hicieron saber, dijo al observar que me mostraba algo nervioso. Entonces, de inmediato saqué mi cuaderno de apuntes y disimuladamente apreté el botón de la grabadora oculta en mi camisa para no obviar ningún detalle.
Partí de Las Lomas cuando tenía 18 años, la propuesta vino de una tía y la vi interesante, en ese tiempo yo estudiaba la secundaria en el colegio “Carlos Augusto Salaverry” de Sullana, pero la terminé en Estados Unidos. En ese país, sea cuál sea la condición, tienes que ir al Servicio Militar Obligatorio; en1966 me enrolé en el ejército de Los ángeles y de allí me derivaron a Kansas donde recibí entrenamiento en el Pelotón de Morteros.
¿Qué crees?, pregunta tomando un trago de café. Después de un corto silencio, continúa: en 1967 nos enviaron a Vietnam, la mayor parte de los que integramos esa fuerza éramos latinos. La noticia sobre nuestra partida horrorizó a muchos, yo mantuve la calma, aunque en esos momentos fluyen una infinidad de ideas por tu cabeza: ¿Volveré? ¿No volveré? ¿Y si digo que no quiero ir? Sin embargo, fui al campo de batalla, allí nos tocó lo más difícil, pelear en los pantanos, pero ante todo con el desafío y el factor sorpresa del enemigo. Es difícil ver morir a los compañeros, yo los vi, algunas noches todavía me invaden los recuerdos, pero bueno, hay que seguir adelante, no podemos seguir dependiendo del pasado.
¿Sabes?, por poco y no estoy frente a ti contándote la historia, un día, mientras cuidábamos un depósito de combustible, nos clavaron un basucazo, cayó sólo a unos metros, la explosión me reventó los tímpanos y algunas esquirlas se clavaron en mi espalda. Me llevaron a operar a Yokohama, pero como supuestamente lo mío no era de gravedad y los hospitales estaban abarrotados con otros heridos, me derivaron al Hospital de San Francisco donde sí lo hicieron. A lo mejor no me lo vas a creer, después de un mes retorné al campo de batalla, volví al encuentro con la muerte disfrazada de proyectiles, bombas, emboscadas y otras fortuitas acciones que el enemigo nos tendía; permanecí allí hasta octubre del año 1968 en que cumplí mi servicio militar.
Antes de continuar, sonríe, me habla de su esposa, de sus hijos, de los nietos, de su casa en California y del jardín en la que se entretiene cultivando flores y limoneros. Pensarás que es una locura lo siguiente, ya casado, en 1975 reingresé a la vida militar; lo hice porque Velasco, según decían, se estaba preparando para declararle la guerra a Chile. Como supuestamente, el Perú era aliado de Estados Unidos, yo quería pelear por mi país, lástima que las cosas no se dieron a como las decían, pasó el rumor, los días, los meses y tomé la decisión de retirarme para siempre de la vida militar.
De allí para adelante me he ganado la vida como los demás, he trabajado en diferentes empresas, siempre con los ojos puestos en el Perú. En ese instante recién me atrevo a hacerle una pregunta, pues me resulta ilógico que alguien con solvencia económica prefiera Las Lomas para vacacionar, antes que una playa del Caribe o un país de Europa. Te voy a decir algo que siempre repito: quiero a este pueblo, lo amo, sólo que esta vez lo encontré diferente: los bares, la prostitución y las drogas, le han cambiado la vida. Sin embargo, aquí estoy, vivo intensamente cada uno de los días, pues a fines de este mes tendré que retornar a Estados Unidos.
De improviso se pone de pie, agarra su bolso y anuncia el retiro. Espero haberte brindado la información que querías, dice mientras me acompaña a tomar el bus que me traería de retorno a Piura. Cerca del terminal, se despide, me da la mano y sonríe: Te voy a dar un consejo: es mala educación grabar las conversaciones; en este país todo el mundo ha aprendido algo de Montesinos. Para disimular, desde el asiento del bus le levanto la mano: Hasta el próximo encuentro don Jaime Burneo, le digo. Él hace lo mismo, da la vuelta y comienza a avanzar, se va por esa calle en la que seguro se le mezclan los recuerdos de los felices años de la infancia en Las Lomas y de los funestos de Vietnam.
- Crónica, Entre los recuerdos de Vietnan y Las Lomas.
- Publicado en Diario Correo.
- Texto y fotos: Jaime Rosillo Valdiviezo.
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